Volvamos al tema de los paseos. El sábado, a la tardecita, salimos con Javi a pasear. Fue la primera vez que salíamos a compartir un gran paseo.
Tomamos el metro hasta Plaza de España, y en cuanto subimos las escaleras y salimos otra vez a la calle, me maravillé. Estábamos en una esquina de la Plaza. A mi derecha se alzaba, majestuoso, el edificio "España" y a mi izquierda, la propia Plaza, con su fuente y más atrás, el gran monumento. Miraba hacia arriba sin poder evitarlo. El edificio es muy bonito, y se nota que lo mantienen en buen estado. Debe tener sus buenos años, pero no se nota que esté descuidado. Imaginen la escena: salía yo de la oscuridad del metro, y de pronto me encontré con todo el brillo del sol y mucho calor, parada bastante cerca del grandioso edificio, y obligada a ir hacia la plaza para apreciarlo mejor. Mientras caminaba hacia el centro de la plaza, comencé a oír el agua correr: había una hermosa fuente. Y más allá, verde, sombra y un monumento muy alto. Luego de la primera sorpresa, y de todas las exclamaciones posibles, nos vimos obligados a reparar en que a pesar de que ya fuera cerca de las 6 de la tarde, el sol quemaba fuerte. Así, mientras buscábamos la sombra y una canilla para llenar la botella de agua (detalle: en ciertos lugares, de tanto en tanto hay canillas de agua potable, para que uno pueda refrescarse o beber), me encontré con la otra cara del monumento. Ahí estaban Cervantes, en lo alto, y más abajo, Don Quijote a caballo y Sancho Panza, en su burro. Y si mal no escuché a una guía de turismo que andaba por ahí, arriba de todos ellos estaban las musas inspiradoras. Muy hermoso. Además de tanta belleza, de pronto vimos a la policía, tratando de poner orden entre dos personas (creo que una era mujer, pero no podría asegurarlo) que se estaban peleando a las trompadas. Si no me equivoco, la mujer estaba borracha y el hombre tenía sangre en la nariz.
Aunque ya saben cuánto me gusta el sol, seguíamos buscando la sombra. Y así cruzamos una avenida y encontramos un sendero que a ambos lados tenía flores y césped. Pronto llegamos a los Jardines de Sabatini, que tiene fuentes, plantas y bancos. Es muy bonito, y como todos los espacios verdes de esta ciudad, un oasis entre tanto cemento y tanto calor. Nos sentamos un momento, a disfrutar de tanta simple belleza, y pronto seguimos caminando. Estos Jardines forman parte de los alrededores del Palacio Real, de modo que a los pocos pasos estábamos de frente a la residencia de la monarquía. Me
pareció muy gris, pero igualmente imponente. Javi me explicó que ese color se debe a que todo es mármol. Más me gustaron los jardines más próximos al Palacio, llenos de bancos, magnolias, fuentes y ligustros que forman especies de laberintos. Olí una flor de magnolia y me embriagué. Subimos por unas escaleras, para tener otra perspectiva y seguir el paseo. Me encantó el perfil del Palacio, me gustó mucho. Y los jardines que lo rodean no tienen tanto verde pero de todas maneras están muy cuidados y son muy bonitos. Todo es bello, sin duda cada cosa de una forma distinta, pero priman la belleza y la armonía. Luego, la fachada principal del Palacio, y frente a ésta, la Catedral de Almudena. Es increíble que existan construcciones tan hermosas. Pienso en el dinero que han costado, las vidas que sin duda se han llevado y en las mentes maravillosas que las concibieron, y no puedo evitar ese torbellino en mi pecho. En situaciones como ésta se me mezclan de una forma sorprendente las ideas, los pensamientos más elaborados y las sensaciones concretas, experimentadas en el cuerpo. Me estremezco, se me pone la piel de gallina, se me hace un nudo en el pecho o se me humedecen los ojos.
Tanta belleza, tanta historia, tanta vida, tanta majestuosidad hacen milagros en las personas sensibles. De ahí fuimos a la Plaza Mayor, juntos, y luego tomamos el metro hasta Ventas, cerca de donde hay una plaza de toros, pero en realidad íbamos a visitar a Patricio y Fernanda. Con ellos pasamos un muy lindo rato: tomamos mates y conversamos. Era bien tarde cuando decidimos irnos, y ya estábamos en la calle cuando vimos unos colchones tirados al lado de un conteiner. Sorprendente. Esos colchones eran de buenísima calidad y estaban como nuevos, y estaban ahí para que los recogiera el
basurero. Así que uno se podía llevar eso sin ningún problema, y nosotros, ni cortos ni perezosos, tratamos de llevarnos el mejor colchón. No pudimos, porque el mejor era con resortes y por eso resultaba imposible doblarlo para llevarlo en el metro. Pero igualmente nos llevamos uno, de mediana calidad, pero gratis.
21 de junio de 2004
Estoy en Madrid, y realmente parece mentira (suena simpática la frase, pero es así). Escucho a Silvio Rodríguez ("Hombre") mientras Javi mira un partido de la Eurocopa, Inglaterra contra Croacia, creo. En realidad, para mí es temprano, son las 4 y media de la tarde, pero es el anochecer de un día agitado y pensar que son las 9 y media de la noche no me cuesta nada.
A ver, repasemos este día que fue eterno. El sábado me había acostado tarde, porque por fin me encontré con Agus y charlamos lindo, y salimos a tomar un helado. Y después, insomne, me quedé leyendo una novela que mucho no me gustaba pero me tenía enganchada. Cuando me pareció que era "la mitad de la noche" (esa expresión tan gastada), sentí que llovía y me preocupé, porque pensé que tal vez no viajaríamos cómodos, y con papi no habíamos quedado en otra hora si llovía. Y más tarde, ya de mañana, me di cuenta, entre sueños, que no había guardado el pasaje en la mochila, y no recordaba dónde estaba.
Así que entonces me fui desperezando, forzada por la preocupación, que crecía cada vez más porque efectivamente, no lo encontraba. Hasta que repasé todas las acciones del día anterior que habían incluido el pasaje y enseguida me di cuenta de dónde estaba. Ya había parado de llover y todo se fue encaminando. Pero un instante antes de que papi tocara el timbre de casa, se largó a llover con todo y no paró hasta que llegamos a Bragado, más o menos. Así que cargamos todos los bolsos con una lluvia intensa, insistente. Viajamos muy bien y llegamos a Aeroparque a las 14, tal como estaba previsto.
22 de junio de 2004
Mate en mano y escuchando un mix de Silvio, Sabina y lentos en inglés, me dispongo a pensar por escrito, por un rato. La verdad es que me cuesta un poco detenerme en todas las cosas que (me) pasaron en estos dos días.
Me resulta difícil porque más allá de que sé que estoy en Madrid, escucho a los españoles hablar distinto, el subte se llama "metro", Javi dice "aquí" en lugar de "acá", de una manera extraña, todavía no me doy cuenta de que esto es Madrid. A ver si lo digo de otra forma... en cuanto llegué a Londres, quedé maravillada, sin respiración, sin palabras... Acá, en cambio, como le decía a Javi, tengo la impresión de estar en un pueblito cualquiera, simple, como podría ser Wokingham. Puede ser que esta sensación se deba a que nos movimos en subte, pero lo cierto es que todavía espero maravillas. Lo bueno es que todavía espere, que no me haya desilusionado.
Volvamos al viaje, y después sigo con estas primeras impresiones de Madrid, que aunque simples, son muchas.
Cuando llegamos a Aeroparque, enseguida la encontramos a María, que -pobre- hacía dos horas que estaba esperando. Me alegró mucho verla. En cuanto nos reunimos todos y caminamos unos metros, la vimos a la tía Lita, que andaba perdida. Luego, yo hice el chek-in mientras papá y Adri fueron a cambiarme el dinero. En la aerolínea, por supuesto, dos inconvenientes. No por mal servicio, sino por esas cosas estilo Ley de Murphy: en el portacosméticos,
que estaba bien abajo en la mochila, tapado de pequeñeces y muy bien acomodado, tenía un alicate que tuve que sacar y poner en la valija que iba a la bodega. Cuando pesé el equipaje, lo primero que puse fue un bolso que traerá mami, pero que papá me sugirió que probara, a ver si me dejaban traerlo sin cobrarme de más. Cuando agregué los dos bolsos míos, el señor que controlaba los pesos insistió en que "Me parece que no nos estamos entendiendo", cuando en verdad yo tenía bien claras mis ideas, sólo tenían que dejarme hacer. Claro que nos entendimos: después de saber cuánto pesaba ese bolso, pesé los que efectivamente iba a llevar; y aunque me pasé un kilo, no hubo problemas. Todo esto serían cosas simples si uno no sabe todas las cosas que tenía yo en las manos: las dos valijas, la mochila (que pesaba una tonelada), un pullover, los documentos, el dinero, la cámara de fotos y el tapado largo. Hasta que nos organizamos, todo era un lío. Cuando por fin estábamos cómodos faltaban 15 minutos para que yo embarcara y nos dimos cuenta de que el Mono no llegaba, y mami lo llamó. Estaba en su casa, esperando que lo llamáramos para salir... Se me terminó el termo de agua para el mate. Llorando (un poco por no verlos a ellos y otro tanto por irme, simplemente), tuve que embarcar. Ya había pasado el equipaje y estaba en la cola cuando Adri me llamó para decirme que saliera, que habían llegado.
Se había equivocado. Pedro, Andy, Tere e Iván llegaron cuando ya no podía salir más. Por suerte pude verlos, fue especial. Le dio un toque de calidez al trámite de hacer la cola de migración.
Por ahí es mejor que sea así, pero hay algo en los aeropuertos que no me gusta nada: en cuanto uno se despide, los trámites te invaden y no se puede llorar tranquila. Todos te piden cosas, te saludan fría pero muy cortésmente y uno debe contestar. Me causó mucha gracia mi gesto: cuando terminé con todo y hube saludado a todos los que me saludaron, bajé por la larga escalera mecánica y me dispuse a comenzar a llorar a moco tendido.
Tenía mucho atragantado, pero en cuanto iba a comenzar el "buá" había llegado al final de la escalera y otra vez gente saludando. Me sentí dentificada, ya en el colectivo, con un nene de unos diez años que se abrazaba a su mamá (el padre no pasaba ni la hora), moqueaba y tenía los ojos rojos de tanto llorar. Nos miramos y sonreímos, sin decir nada pero haciéndole saber que yo también lloraba.
En cuanto subí al avión (un impass para cantar "Y sin embargo te quiero" y "Y sin embargo") me serené un poco, porque sabía que era en vano estar triste entonces y perderme la emoción de levantar vuelo y (me pongo a llorar ahora, con Peter Cetera de fondo... cómo es el alma) ver Buenos Aires y el río desde las nubes. Me llamó la atención reconocer a un chico que ni sé cómo se llama, pero de algún lado me pareció conocido. En el momento en que despegamos, me vino algo al pecho que me emocionó porque es una sensación única. Es sentir que por un breve momento, todo el cuerpo se resume en el pecho, y al instante todo vuelve a la normalidad, pero uno está entre las nubes, ve todo desde arriba y de una manera diferente. En ese vuelo, me maravillaron las nubes. Algo simple como eso, me tuvo entretenida y sorprendida todo el tiempo. Nubes blancas, gordas y suaves; grises y livianas; blancas más etéreas... todas en torno a nosotros. Y el sol, arriba de todo. Y el cielo celeste, clarísimo. A Montevideo llegamos muy rápido.
Ahí no sabía qué hacer, pero seguí a la gente que había venido conmigo en el avión y nos quedamos por ahí. Yo fui al baño, hice un cambio de pulloveres, organicé los papelitos y me fui a sentar, saqué mi diario y me puse a escribir. Al ratito me di cuenta de dónde conocía al chico del avión: había estado en la agencia de viajes algún día que yo estaba. Fui atando cabos: en el viaje todos le hacían preguntas, le daban conversación, y me di cuenta de que tenía un animalito en una jaula. Y recordé que en la agencia comentaba que no podía dejar su mascota. Además, le pregunté. Y sí, había comprado su pasaje en la misma agencia que yo.
El vuelo a Madrid venía retrasado y una señora uruguaya me dio charla. Luego otra se sentó del otro lado mío, estaba rodeada por estas señoras. Todos estábamos aburridos. Y yo, llena de cosas, de modo que no podía hacer mucho.
Cuando cerca de las 20:15 me instalé en el otro avión, me di cuenta que no tenía ventanilla (como había pedido), que tenía por vecino al gatito del chico de la agencia, que íbamos a cenar y que nos esperaba otra escala, en Río de Janeiro. Ya estaba tan cansada... La verdad es que me dio bronca no haber sabido que íbamos a hacer escala en Río. A esta altura del viaje, ya mis pies estaban hinchados y cansados de estar dentro de las botas. Y ahí comencé a aburrirme. El avión no me resultaba incómodo, pero estaba demasiado cansada como para leer o escribir y quería cenar. Cené crepe de pollo, con un pan, galletitas, jugo y agua con gas y de postre, naranja y uvas y algo dulce que parecía merengue con más merengue. Raro. Bien.
Después de cenar, el asunto fue que por el mismo cansancio que me impulsaba a dormirme, no encontraba una posición que me resultara confortable. Además, sabía que en un rato tendría que levantarme y bajar del avión, entonces no logré relajarme del todo. Dicho y hecho, cuando estaba tranquila y dormida en un sueño suave, llegamos a Río y tuvimos que bajarnos. De más está decir que llevé conmigo mi pesada mochila, por las dudas. Me lavé los dientes, di una vuelta por el free shop y luego de eso, volvimos a subir al avión. Entonces, me enteré de que había otra cena y que en 9 horas llegaríamos a Barajas. Ya habíamos viajado bastante, pero a mí, en la agencia me habían dicho que llegaríamos a las 16:25, así que empecé a preocuparme porque no tenía a mano ninguna dirección ni teléfono de Javi. Pero pensé que después de haber esperado tanto, otro rato de espera no me iba a hacer nada... Calculé que tenía al menos ocho horas para dormir, y me pareció suficiente. Ya estaba tan cansada que aunque no quería, me perdí la segunda cena, porque me dormí. No fueron tantas horas de sueño, por supuesto: bien temprano a la mañana, prendieron las luces y todos empezaron a hablar. Contra mi voluntad, tuve que despertarme y hacerme a la idea de que la noche había terminado. El desayuno estuvo bastante bien: una medialuna, frutas (papaya, melón y naranja), galletitas, café con leche y jugo de naranja. Y después, ya comenzamos a ver tierra y las ciudades. Tardamos bastante en descender, y en esa tardanza, dos o tres personas se descompusieron. Por suerte yo no. Entré al Aeropuerto de Barajas con mi pasaporte inglés, sólo tenía delante una o dos personas, apenas lo miraron y listo, ya había pasado el control policial. Después busqué mis valijas y tomé la puerta que decía "Nada que declarar". Por suerte ahí estaba Javi, esperándome. Con un carrito trasladamos los bolsos hasta donde pudimos y tomamos el "metro". De una forma increíble, hicimos miles de combinaciones con mucha sencillez y cuando llegamos a la estación correspondiente, estábamos a sólo 8 cuadras del departamento, y habíamos viajado algo así como una hora. No diré que fue un viaje simple en el sentido de que estaba cansada y los bolsos pesaban, y hacía calor y yo estaba abrigadísima, pero el sistema de metro anda muy bien. El barrio es muy lindo, está lleno de caminitos y se ve gente de todos los estilos. Hay toda una variedad de idiomas y colores de piel y cabellos, y eso me encanta. Después de llegar, darme un baño y comer algo, salimos a caminar y fuimos a uno de los supermercados del barrio. Está en un centro comercial muy lindo. Créase o no, ahí compramos yerba argentina, de buena marca. Sale 4 euros, y aunque suene caro en pesos argentinos, es accesible.
Veamos los precios: diez viajes en metro salen 5,35 euros, el kilo de tomates 1.5, los cereales 2, una lata de gaseosa 0.37, el paquete grande de pan integral 0.85. En realidad, no es barato cuando un piensa en pesos, pero yo creo (sólo hice una compra, ya veré más adelante) que todo está al alcance de alguien que gana más o menos bien.
Hoy fui a la policía, a ver qué trámite tengo que hacer para poder estar en regla acá. Tengo que llenar dos formularios, presentar 3 fotos carnet y una fotocopia del pasaporte. Con eso listo, vuelvo a la oficina y creo que ya puedo trabajar y residir en regla. Parece simple. Ahí vi gente de todos lados: polacos, portugueses, colombianos, franceses, y otra gente que no distinguí. Rubios, negros, de todos los tonos. Al finalizar el trámite, Javi fue a la Escuela de Caminos y yo me vine al departamento. Fue mi primer viaje en metro sola, y me fue bien. Al llegar, comí, preparé mates y comencé a organizar mi equipaje. Y ya son las 17:45 y yo todavía no terminé. En realidad, ya organicé todo, sólo me falta guardar las últimas cosas. Tal vez hoy me dé un baño (y no una ducha). Bueno, será hasta otro momento. Ahora voy a seguir ordenando, mientras escucho Les Luthiers.
La habitación está hecha una pinturita. O sea, hice una pinturita de la pieza. Quiero decir, ahora "está hecha" pero no se hizo sola. Me llevó casi toda la tarde: son las ocho. Y el cielo todavía está celeste y brilla el sol. En cualquier momento preparo unos mates y me voy al parque. La buena idea fue escuchar los Les Luthiers, ya que me reí sola todo el tiempo. Cantar es lindo, me gusta mucho y me relaja, pero ciertamente reírse es muy sano y saludable. Estoy cansada, pero bueno, ya llegará la hora de dormir.
Lunes 28 de junio
El lunes madrugué, me desperté a eso de las 6 y media para ir a buscarla a mamá a Barajas, ya que llegaba esa mañana desde Argentina. Cuando llegué a la puerta por donde ella debía salir, y vi tantos argentinos y a ella no, empecé a preocuparme, pero le pregunté a una azafata y me dijo que la gente del vuelo de mami todavía estaba llegando. Así que me tranquilicé y al poco tiempo, la vi llegar. Llevaba una pinta... estaba cansada, pero además venía vestida de invierno con 4 pulloveres y un pantalón a cuadros, toda ropa mía, para traerla. Buen gesto, pero claro, llegaba acá a pleno verano, y más allá de que ella tenía calor, quedaba bastante desubicada. Como cuando llegué yo, supongo. Tal como había hecho Javi conmigo la semana anterior, la traje en metro. Llegamos bien, y para entonces, ya Javi y Ariel se habían ido. Mami se bañó, desayunamos y salimos a hacer unos trámites por el barrio: fuimos al supermercado y a cambiar dinero. Luego vinimos al departamento, almorzamos y salimos a pasear.
Hicimos el paseo que Javi y yo habíamos hecho el sábado (Plaza España, Jardines de Sabatini, Palacio), pero lo terminamos en la Plaza Mayor y en El Corte Inglés. A mí me daba un poco de rabia porque mami, en lugar de decir que todo era lindo, decía sorprenderse de lo parecido que era todo a Buenos Aires. Yo no digo que no, de hecho me parece que hay bastante verdad en lo que me decía Rosa María y ahora repetía mamá, pero no por eso, esto deja de ser bonito. Y de alguna manera, era como que mami no se asombraba, y yo pensaba: ¿para qué la habré traído a pasear? Pero cuando se lo dije, reconoció que le gustaba mucho... Después de pasear por la ciudad, nos encerramos, junto con Javi, en el Museo Reina Sofía. Ahí están las obras de Miró y Picasso. Me impresionó todo, porque incluso las obras más "simples" (Miró) sorprenden porque son obras de arte. Pero el Guernica... es tan imponente... y tan expresivo... uno se queda extasiado. Lo mira, pincelada por pincelada, y cada rastro de pintura es un mundo de expresiones, de horror. Y es genial. Tengo que volver a verlo.
Martes 29 de junio
A la mañana, ni bien me desperté, y como mami todavía dormía, fui a la estación América a cambiar los pasajes a Barcelona, que había comprado el día anterior. Había elegido un horario muy temprano, y resulta que no podíamos llegar en metro. Pude cambiarlos sin problemas, por suerte. Le dejé una notita a mami, por si se despertaba... pero no hubo problema... hasta las 13:30 (y porque yo entré a su habitación) no se despertó. Cuando se despertó, ya recuperada del viaje, almorzamos, y después yo salí a hacer compras. Salimos más tarde que el día anterior, y fuimos al Museo del Prado, a ver la Cibeles, la Puerta de Alcalá y a la Plaza Colón, donde nos encontramos con Javi, que no andaba de muy buen talante. Volvimos más temprano, cenamos y nos organizamos para viajar a la otra mañana.
Miércoles 30 de junio
El viaje en micro no estuvo nada mal. Fue muy puntual y el paisaje, bastante agradable. Sólo hubo un incidente cuando llegábamos a Barcelona, cuando el conductor se puso a maldecir con el tránsito y se peleó con unos pasajeros por el asunto del equipaje.
En la estación de autobuses nos tomamos el metro, que es igual que en todos lados: con saber en qué estación está uno y a cuál va, no hay mucha vuelta. El único problema era que había pocas escaleras mecánicas, y la pobre mami estaba agotada. Es que llevaba una valija y dos bolsos de mano, todo lleno y pesado. Al salir de la estación de metro en las Ramblas, sentí un aire distinto. Había algo de liberación, de calma. De vacaciones. Fue como llegar a Pinamar, no por los pinos sino por el espíritu: en general, la gente estaba muy bien, de vacaciones y tranquila. Había gente muy distinta: negros, orientales, y los más parecidos a nosotros. Idiomas, el que pidan: alemán, francés, oriental, y por supuesto, todo en castellano y... catalán. Todo está en los dos idiomas, castellano y catalán. Supongo que el catalán será lengua oficial. La Rambla es muy pintoresca porque está llena de puestos callejeros que venden flores, semillas, diarios y revistas y pájaros. Tiene muchísimos árboles (plátanos, como en el Parque de 9 de Julio, para los que lo conocen) y a ambos costados, la calle. Es como si en 9 de Julio (u otro lugar) hicieran de los bulevares que hay en medio de las calles, un lugar de tránsito y puestos de mercado. Quedan así tres veredas, ya que no desaparecen las que están al lado de los negocios. Es más lugar para el tránsito peatonal. Con este panorama nos encontramos mamá y yo cuando salimos del metro. Un lugar lleno de vida. Fue muy fácil encontrar el hostal, aunque tuvimos que caminar varias cuadras. El paisaje comenzaba a ser distinto: las calles, muy angostas (apenas entraba un auto en las calles, y dos personas en las veredas) y retorcidas: te decían "siga por esta calle" y uno hubiera esperado la acotación "derecho"; pero de hecho, había que seguir siempre torciendo para algún lado, y seguía siendo la misma calle. Las edificaciones me hacían acordar a las casas antiguas de la provincia de Buenos Aires, o de la misma Capital: grandes ventanas y dos o tres pisos, puertas de dos hojas y tonos amarillentos en las paredes. El resultado de esto era sentirse realmente medio encerrado, pero a mí me parecía muy pintoresco. Y lleno de bares. Por todos lados, un bar. Al llegar al hostal, me anuncié como la hermana de Nati y enseguida subí a la habitación, sola de las ganas de verla a la Napa. Entré a la pieza y la vi, igual que siempre, en su camisón viejito, y con el mate en mano. Nos dimos un fuerte abrazo y le conté que mami andaba cargada, abajo. Creo que ella bajó a ayudarla, y pronto estábamos las tres juntitas. Fue una sensación hermosa la de sentirnos otra vez cerca. Puede ser que hayamos tomado mates; lo cierto es que yo tenía muchísimas ganas de ver el mar y después de la emoción de volver a vernos, fue lo primero que sugerí. Mami y Nati se rieron, de lo rápida que estaba yo para organizar programa. Pero me siguieron. Nos cambiamos y nos fuimos al mar. Nos costó un poco encontrarlo, pero tras una larga caminata por una zona de veleros y barcos-restaurantes y bares de un lado y árboles y bancos del otro, llegamos. La paz que me da el mar es algo ncomparable. Estábamos contentas de estar ahí, juntas, en el mar, y de empezar unas vacaciones que, lo sabíamos, serían maravillosas e inolvidables. Enseguida vimos que había varias mujeres en topless, y mami y yo, ni lerdas ni perezosas, nos sacamos el corpiño. Hay que ver la sensación de libertad que da estar en la playa, al sol, y sin corpiño. Es hermoso. Igualmente, me daba un poco de vergüenza. Sólo a mí y por mí: no era que alguien me mirara de una forma rara, era yo la que me sentía diferente por hacer eso por primera vez en mi vida. El mar parecía una piscina (ya no es más "pileta"...), casi no tenía olas y era tan transparente que me tapaba completamente y me veía los pies. Bellísimo. No es que el agua fuera cristalina, sino que era de un azul verdoso muy claro, que se podía ver de todo por debajo del agua. El agua no me pareció tan salada en un principio, pero sí cuando sin querer, la tragué. Lo que no tenía, era tanto yodo como la del Mar Argentino. Y el arena, en vez de ser fina, era como pequeñas piedritas, como ripio. Y era lindo hacerse milanesa, porque la arena era muy fácil de quitar, aunque uno quedaba con un polvo como terroso. Pero no me importó eso, me tiraba en la arena, sin lona, a tomar sol.
Pronto caímos a la realidad: teníamos que pensar en cenar, y por eso Nati y yo fuimos a El Corte Inglés, a hacer las compras. Eran cerca de las 10 de la noche y estaban por cerrar, pero no creíamos que nos cerrarían las góndolas y nos echarían tan puntualmente como lo hicieron: no era que a las cerraban las puertas, sino que a las 10 te echaban de adentro. Así que compramos lo que pudimos y salimos. Empezábamos a organizarnos para comer en los hoteles. Nos fue muy bien. El menú, por lo general, era sandwiches, alguna verdura o legumbre en conserva (choclo, garbanzos o arvejas), atún al natural, tomates, fruta, yogurt y cereales. Sano, rico y llenador.
Domingo 27 de junio
El domingo, Javi tenía planes de ir a jugar al fútbol. Y yo no iba a prohibirle eso que sé que le gusta mucho y le hace bien. Así que organizamos lo siguiente: yo me enganché en el auto del chico que los pasó a buscar a Ariel y a Javi por la estación de metro de Campamento, para conocer la escuela donde trabaja Javi y también para conocer a algunos de sus compañeros. El camino, ciertamente no me pareció muy interesante, es una autopista como cualquier otra. Claro que no tenía baches... pero a esos pequeños detalles uno se acostumbra muy rápido. Tal como dijeron los chicos, paradójicamente como siempre, el edificio de la escuela de caminos no se destacaba por ser bonito ni distinto. Simplemente, una caja de zapatos
gris. También lo vi por dentro y vi que está muy bien pero no es algo descomunal. Claro que acá, lo distinto pasa por el hecho de que todo lo que se necesite para estudiar se tiene, y creo que eso pasa desapercibido a una mirada como la mía, que no ve la diferencia entre una computadora y otra. Lo que noté a primera vista es que no falta nada y todo lo que hay está en buen estado. El grupo de compañeros de Javi, a simple vista (no intercambié demasiadas palabras con ninguno) me pareció lindo. Y creo que las primeras impresiones, en general, valen. De ahí, y gracias a las indicaciones del chico que nos había pasado a buscar en auto (Javier García), llegué a la estación de metro "Ciudad Universitaria", desde donde -supuestamente- me iba al Museo del Prado. Digo supuestamente porque tenía la clara idea de que sólo iría al Museo. Pero ya en el metro, empecé a leer las advertencias sobre el paso de la Antorcha Olímpica por Madrid y empecé a considerar la posibilidad de ver de qué se trataba. Cuando salí del metro (no recuerdo de qué estación), en las calles había una multitud. Gente de todas las edades, los colores... Y un sol calcinante, y eso que todavía no era el mediodía. Casi sin pensarlo, empecé a seguir a la gente. Iban hacia la Puerta de Alcalá, que yo todavía no había visto. Avanzábamos hacia allí, pero del lado de atrás, o sea que todo lo que pasaba, ocurría del otro lado. Pero por el arco de la puerta, vi a los príncipes (que al insistente llamado "Letizzzzia, Letizzzzia" -es que me da mucha gracia la forma en que los españoles pronuncian cada letra- y "Felipe, Felipe", se dieron vuelta y nos saludaron) y observé cuando se prendió la llama olímpica. Digo, vi todo pero desde el lado equivocado. Y supongo que era más difícil llegar a ver todo de frente, y no estuvo nada mal estar ahí. Después, también opté por seguir a la gente. Es que según se rumoreaba, habría un buen espectáculo de música. Y claro que lo hubo. Primero, cantó un grupo que no sé cómo se llama pero que lo hizo muy bien.
La música era del tipo "Los Chunguitos", como para que tengamos una idea. Además, había un grupo de baile español, y había que ver cómo zapateaban esas mujeres y los muchachos. Y uno de los que tocaban la guitarra, gritaba como desconsolado, y había que estar ahí para ver qué hermoso era ese conjunto. Para ese entonces, ya no dábamos más del calor, eran cerca de las dos de la tarde y habíamos estado todo el mediodía bajo el sol ardiente. Había un grupo de gente del gobierno, o del ayuntamiento... o de no sé dónde... que daban bolsitas de agua potable, para que nos refrescáramos, pero nada era suficiente. Pedíamos a gritos agua cuando llegó Paco de Lucía a cantar y tocar la guitarra, y si bien era hermoso escucharlo, por lo menos yo lo viví como música y espectáculo de fondo, porque la necesidad de refrescarme había pasado a un primerísimo primer plano. Pero recordar la imagen de Paco de Lucía y los suyos ahí, tan cerca, y tocando tan lindo, es algo grandioso. Para cuando llegó un grupo por el que todas las adolescentes gritaban despavoridas, me fui. No estaba para eso, ni ahora, ni por esos ni a esa hora... Así que me fui por "un cacho de cultura", rumbo al Museo del Prado. Ahí quería ver lo más importante, darme una panzada de pinturas imponentes. Y eso fue muy fácil. "Las Meninas" fue uno de los primeros cuadros que vi, y me pareció hermoso, pero ese -claro- no fue el único: vi los de Rubens, El Greco, Rafael... En algún momento del paseo, recibí una llamada de Javier y como no llegué a contestarla, le mandé un mensaje a Ariel diciéndole que ya iba. Tal vez me hubiera quedado más tiempo, pero la verdad es que estaba saturada de tanta belleza y tantas emociones (el espectáculo con motivo de la Antorcha Olímpica me encantó y las pinturas me conmovieron mucho) y sentí que era hora de tomarme un respiro. Además, el Museo es gratis todos los domingos, y sabía que podría volver cuantas veces quisiera. Por cierto, otra cosa que sentí en el Museo fue que lo mejor no es ir a ver cada pintura y leer el cuadrito indicativo, sino estudiar antes de qué trata cada pintor, sus técnicas, su singularidad, e ir y observar, contemplar. Sólo eso. Y me sentía un poco ignorante. Vaya, vaya...
Salí el jueves (24) a la mañana rumbo a Atocha Renfe, la gran estación donde ocurrió el ahora así llamado 11-M, el gran atentado del 11 de marzo pasado.
Hice las averiguaciones, que no me sirvieron de mucho, y en poco rato ya estaba libre. Di una vuelta por la estación, miré el gran parque verde que tiene (que por cierto es bonito) y me fui. Después, me fui a pasear. No sabía qué había por ahí, pero estaba segura de que encontraría algo lindo. Y buscando la salida, me encontré con un cartel que indicaba "Ministerio de Agricultura-Paseo del Prado". Nada de eso me entusiasmó mucho, en principio, y es que no sabía qué era nada de eso. Cuando salí de la estación y vi la calle, quedé impresionada. Percibí una diagramación planificada de todo el espacio, de cada árbol, y me maravillé. No era algo elaborado, sólo estaba cuidado y organizado. Había muchas flores de colores (geranios o malvones rosas) en los grandes canteros, árboles sin flores, césped bien verde y, en cada farola, dos macetas con flores fucsia en lo alto. En cuanto crucé la primera senda peatonal, me encontré con el Ministerio de Agricultura.
Imponente. Cuadrado, con grandes columnas y dos estatuas gigantes, hermoso. Yo miraba hacia arriba, hacia el cielo, tan grande era el edificio. Seguí caminando, mientras me daba cuenta de que poco iré descubriendo otras cosas así, que acá son cotidianas, y que no dejaré de embelesarme. Estaba admirando todo a mi alrededor cuando reparé en la belleza del Paseo del
Prado: bancos, más verde, más flores y, a un lado, el Jardín Botánico. Vi luego un claro, gente sentada, grandes carteles, y lo descubrí: el Museo del Prado. La fachada, por donde entré a preguntar días y horas de visitas, no me pareció muy grandiosa, pero a medida que caminaba rumbo a la Cibeles, noté que lo más bello estaba sobre el mismo Paseo y sí era majestuoso. Sabía que pronto llegaría a la Cibeles y empecé a cantar "A la sombra de un león". Cantando la encontré. Vi también un cartel que indicaba "Oficina de Turismo", pero quedaba frente a la mano que yo estaba y hacia atrás, así que
luego de apreciar la estatua me dije que pronto encontraría otra, y tomé la Calle de Alcalá en dirección contraria a la Puerta (sin saberlo entonces). Mi objetivo era entonces encontrar una oficina de turismo (ya casi sin razón, si es que alguna vez había habido alguna). Pasé así por la Puerta del Sol, también sin notarlo especialmente, aunque debo decir que iba viendo preciosos lugares, edificios, rincones, ambientes. Todo me gustaba. Y así, sin la intención expresa, llegué a la Plaza Mayor y entonces sentí que renacía. Sentí esa insoportable y majestuosa belleza, y todo lo demás pasó a un segundo plano. Necesité un alto en el camino y me senté en una farola. Miré todo con atención, me alegré de estar ahí y encontré la oficina de turismo. Y quedé sorprendida de encontrar ahí un folleto de Teatro por la Identidad, ese concurso que organizó Abuelas de Plaza de Mayo y en que papá ganó un premio. Además conseguí una buena guía de las atracciones de Madrid. No satisfecha con eso, fui a El Corte Inglés y completé mi tour por Madrid.
Agotada y feliz, volví, me calcé zapatillas y vine al Parque Aluche a tomar unos mates. Un hermoso día.
El viernes anduve por el barrio y me gustó mucho. Hice compras en los dos súper, fui al centro cultural y me tomé todo con más calma. Seguí averiguando por el móvil, y volví al parque a escribir y a tomar mates. En la mañana del 26, nos dedicamos a decidir si en verdad precisábamos un móvil o si tenerlo era un lujo, y luego de convenir que era necesario
tener al menos uno, adquirimos un móvil pequeño y liviano, de color plateado. Realmente, tener un móvil es útil, pero me sorprende cómo uno se vuelve esclavo de eso que supuestamente le hace la vida más fácil: hay que ver si tiene batería, si está prendido, si ante una llamada sonará en forma normal o silenciosa, si hay mensajes nuevos, etc. El domingo pasado, ante la imposibilidad de comunicarme con Javi, me pregunté realmente para qué lo teníamos, ya que era precisamente en casos como esos que sentíamos necesitarlo. Un poco, creo que se trata de la falta de costumbre, porque -por ejemplo- el domingo no atendí la llamada de Javi porque no me di cuenta de que el celular que sonaba era el mío, y cuando atiné a atender, pronto dejó de sonar. Y ayer me pasó que estaba en una Catedral, y al entrar no había apagado el móvil. Entonces, cuando lo puse en modo "llamada silenciosa", no estuve todo el tiempo atenta al móvil y en dos ocasiones no lo atendí. Pero insisto en que se vuelve algo de lo que uno está totalmente pendiente. Y eso me incomoda.
23 de junio de 2004
Esta mañana salí (está buenísimo escuchar los Les Luthiers, pero hacen difícil esto de pensar en escribir, así que escucharé "La marcha de la conquista" y listo) sola a hacer los trámites de residencia, a saber: tarjeta de residencia comunitaria en la Administración General del Estado, y empadronamiento en la Junta Municipal de Latina. Realmente, todo fue muy simple: en la primera oficina, presenté los papeles (fotocopia del pasaporte, 3 fotos y un formulario lleno), me tomaron la huella del dedo índice derecho y listo, por correo me mandan la tarjeta de residencia y el número de extranjero. En la otra oficina también me fue bien: hice el trámite, me dieron un mapa buenísimo y me indicaron dónde averiguar por empleo.
Detalles: 1) el metro funciona diez puntos: en cuanto uno hace un viaje, puede llegar a todos lados haciendo las combinaciones (si es que no sale de la estación, claro). Hasta puede equivocarse, sin tener que pagar de más. 2) En las calles, el peatón tiene prioridad. Hay de todos los estilos: la mejor, la más impresionante para nosotros es que en determinadas zonas, uno pone un pie en la calle y todos los autos frenan ante la línea blanca. En los semáforos hay que esperar a que el hombrecito esté verde, y cuando esto ocurre, los autos que doblan frenan. Por último está la modalidad de
pedir el semáforo verde para peatones, que se usa en las calles que tienen más circulación de autos que de peatones. 3) La gente (en especial las mujeres) fuma mucho y no siempre respeta la prohibición de fumar. 4) Los parques y plazas son muy hermosos. Las flores y las plantas están ubicados de una forma muy especial y armónica. Me resulta extraño ver magnolias (esos árboles con flores blancas grandes, que parecen jazmines del cabo, creo que son magnolias) y rosas en tanta cantidad como acá. Todo estaría muy limpio, si no fuera por tantas colillas de cigarrillos. 5) Los días son larguísimos.
Cuando nos despertamos, el sol ya está en lo alto del cielo y a las diez de la "noche" todavía brilla. Sí, el sol brilla todavía. Y el cielo es muy bonito, no parece el cielo de una gran ciudad: se ve celeste y claro. 6) El barrio me gusta. Son puros edificios pero a unos pocos metros está el "Parque de Aluche", y en medio de las altas construcciones, todo el día se escuchan pájaros cantando. Hay gente de todas las edades y colores y perros, bicicletas, autos, monopatines. 7) Noté que los hombres me prestan atención. Ayer en el parque, me pareció que me miraban, y hoy me dijeron dos o tres piropos. Esto me sorprendió porque tenía la idea de que acá no era así. 8) Creo que efectivamente, todo es accesible. Sigue siendo una idea, pero sostenida por más datos: un celular con tarjeta sale alrededor de 50 euros, un teléfono fijo sale 15 (el aparato), ya veremos cuánto cuesta la línea e Internet. Por el momento, creo que pronto tendré un "móvil" (acá no son "celulares"). 9) Hay cine gratis, en la Junta de Latina. 10) Es fantástica la cantidad de gente que va a los bares cuando el sol deja de picar fuerte. Tal vez hoy vayamos de mates por ahí. 11) Acá, la basura se discrimina en: plásticos, papeles y lo que queda. Interesante, pero ya que discriminan, discriminemos más, ¿no? Tienen un buen logo que es "Separareciclar". 12) Comencé a disfrutar de los baños...
La verdad, es que lo poco que vi de esta ciudad me encanta. Es cierto que hay muchos lugares en que Madrid parece un pequeño lugar, pero eso no quita que sea muy linda y que además, de tanto en tanto, aparezca la gran metrópolis.
Tengo los pies cansadísimos... es que con tanto sol, cuesta mucho ir a dormir en pleno día. Mañana tengo que averiguar por los trenes internacionales y el empleo.
Les cuento...
que estoy haciendo un gran laburito en el depto. Se trata de pasar a la compu, y con el mayor detalle posible, un mes de mi vida, intenso como pocos. Asi que paciencia que ya se viene el resultado.
Se vienen...
Todos los cuentos...
Proximamente!!!!!!!
Estoy enfermita...
Ando con anginas!!!! Pero por suerte, el sistema de salud pública funciona y ya me atendieron en dos hospitales, estoy medicada, conseguí el medicamento con descuento y estoy mejorando.
Por suerte, más allá de esto, me está yendo bien en la búsqueda de trabajo. Espero poder elegir pronto algo y estar contenta con mi decisión.
Ya prometo cuentos más largos, que estoy preparando en casa.
Me vendria bien un poco de poesia, de literatura, algo de palabras lindas y lindas formas de hablar y escribir.
Necesito las letras...
"...comienza un camino, otro buen camino..."
Es viernes y el primer dia que paso sola en estas vacaciones. Es raro, despues de tanto tiempo de estar acompaniada, de golpe tener la perspectiva de pasar un buen tiempo sola. Y no sera solo hoy, ya que esta tardecita voy a empezar un viaje en colectivo que terminara el domingo a la maniana, viajo de Londres a Madrid y por fin tendre tiempo de pensar y escribir todo lo que deje pendiente y tengo en la punta de la lengua, o de mis manos.
En este tiempo la vida me ha superado y permiti que todo fluyera. Y me quede sin tiempo para sentarme a pensar y escribir. Y me olvide del dia del amigo... pero siempre estan ahi... aca, en mi cuore...
Pronto empezara una nueva etapa.
Espero, de a poco, poder ponerme al dia con todo lo que me ha pasado y tenerlos al tanto de mi vida.
El final del viaje
Lo mas probable es que vuelva el 22, o sea el jueves, creo... ando medio perdida.
La verdad es que fue un viaje inolvidable, por muchas cosas. Tuvo de todo: lagrimas, nervios, turismo, historia...
Pero ciertamente tengo ganas de volver a Madrid. Todo es increible en cualquier lugar de Europa, pero el cuore tira.
Muchas veces comparo este viaje con el que hicimos con Nati a Inglaterra en el 2002 y pienso en lo bien que me hacia y cuanto gustaban los mail que yo escribia todos los dias. Siento que por vivir mas, no me tome el tiempo para escribir y lo lamento, pero al mismo tiempo se que de alguna manera volvere sobre los dias pasados para escribir. Ya veremos que sale... Disculpen si esperaban mas...
No me olvido de nadie, de hecho en mis suenios estan todos...
Llegando al final
Buenas... Ya llegamos a Bracknell, que es el lugar donde vive Nati y donde nos quedaremos por unos dias. El viaje esta bueno porque en cada lugar hemos vivido cosas muy diferentes, han sido ciudades muy especiales, cada una con su espiritu y asi lo hemos vivido, en cada lugar un ambiente distinto. Aca es como haber llegado a "casa" y es lindo sentirse asi. Igual, las camas no sobran y ayer dormi medio mal. Pero vale. Por suerte vuelvo a sentir un poco de calor, porque en Irlanda, el frio me resfrio!!! Los acentos y las enies seran para la proxima.
Hemos paseado
Ya pasamos por Paris y ahora estamos en Dublin!!! Realmente todo esto me esta superando y estoy escribiendo poco, pero ya habra revancha (ademas de acentos y enies). Pasaron varias cosas que ya registrare, aqui y en papel o no se donde... Estamos superadas. Y con mucho frio, y yo ando resfriada.
Estoy en Barcelona, muy contenta de este tiempo con Nati, mamá y el mar
Pronto les cuento más
Ayer fue un gran día
Alerta: estoy escribiendo en "crudo", es sólo para que sepan algo. No es elaborado ni demasiado pensado.
Salí para hacer un par de averiguaciones, y llegué a Atocha. Es una gran estación, pero no me pareció muy especial. Tiene un lindo detalle de plantas y agua vaporizada, que da una idea de verde en pleno centro de todo.
De ahí salí por el Paseo del Prado, pasé por el Ministerio de Agricultura, el Jardín Botánico y el Museo del Prado hasta la Cibeles y me emocioné mucho pensando en la canción que canta Ana Belén con Sabina, sobre el preso que sale y busca su amor.
De ahí caminé por la Calle de Alcalá hasta la Puerta del Sol, paré en El Corte Inglés y seguí hasta la Plaza Mayor... y me sentí maravillada por todo lo que había visto en tan pocas horas. El verde de las calles es bello, y los jardines con tantas flores son muy especiales. Incluso hay flores en lo alto de las lámparas de las calles, puestas en macetas. Quedé fascinada. Sentí en el pecho esa sensación que me había inundado en Londres. Ya veré cómo la pongo en palabras. Cuesta.
Ya me recuperé de la pérdida de horas, y de a poco voy alternando entre las maravillas de la ciudad, y del mundo viejo-nuevo y las cotidianeidades: hacer las compras, pensar qué comemos, darse cuenta de qué es barato...
Lo lindo es que termino mi día con un baño de sales o espuma ;)
Bueno, ayer me quedé sin monitor y espero hoy tener otro, pero mientras tanto será cuestión de volver al lápiz y papel y de a poco ir mandando mis aventuras.
¡¡¡¡¡Llegué!!!!
Hace dos días que llegué pero recién hoy llegué a una máquina con internet. Estoy muy bien, salvo el cansancio, por las horas perdidas y porque no paré demasiado. Así es que ya tengo todos los papeles en marcha.
Los días son larguísimos y hermosos, calurosos pero con un aire espectacular. Me he dedicado a ordenar y a escribir mucho, así que ya publicaré todas mis impresiones. Pero será mañana u otro día.
Por ahora sepan que, en esencia, estoy bien. Y en MADRID!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!