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Próximo destino: Madrid

Viernes 16 de julio

Esa mañana, al llegar a la estación de trenes de Bracknell sobre la hora, nos dimos cuenta de que la Travel Card salía bastante más de lo que pensábamos, y para no comprar apuradas, perdimos el tren y tomamos la decisión con más tiempo. Y decidimos pasear en Londres caminando. Una decisión importante, dado que ni Nati ni mami están acostumbradas a caminar demasiado. Lo primero que hicimos fue ir al Buckingham Palace a ver el cambio de la guardia real. Yo vi el show desde un lugar distinto que la vez que fui sola, y si bien no vi todo lo que pasa adentro del predio del palacio, pero como era de prever, igual fue muy lindo verlo. Siempre uno se pierde algo, no puede estar en todos los lugares a la vez, y por suerte yo pude ver el espectáculo desde dos lugares distintos. Pero para elegir para una próxima vez, creo que prefiero ver lo que pasa dentro de las rejas. De ahí nos fuimos a almorzar a la plaza que está frente al Big Ben y a la Westminster Abbey, y yo me enojé porque tal como nos había pasado con Nati dos años atrás, nos costó cruzar la calle y una moto casi me pasa por encima. Así que estuve un buen rato con cara larga. Fue medio cómico porque entre mi bronca me dije "que lleguen a St. Paul´s si pueden, sin mi ayuda". Por supuesto que pudieron, entre el mapa y preguntando a la gente, que quedaba asombrada de que quisiéramos ir caminando. ¿Cómo les íbamos a explicar que el tube era muy caro? Andábamos de mala suerte: también estaban arreglando el frente y parte del interior de la catedral. De todas formas, la Capilla de los Susurros estaba disponible y por eso decidimos entrar. Dimos una vuelta por abajo, nos colamos en un paseo guiado por una señora que hablaba castellano e italiano y después subimos. Nos ubicamos para hablarnos, y si bien al principio nos costó un poco encontrarle la vuelta, después fue algo hermoso, estábamos a metros y metros de distancia una de la otra y hablando a un volumen normal, nos oíamos perfectamente gracias a la perfección de la cúpula. Después salimos a ver Londres desde arriba, y para cuando terminamos afuera, habían cerrado la Capilla de los Susurros y estaba por comenzar una misa, así que nos quedamos en silencio y quietitas, mirando qué pasaba. Y empezó a sonar un coro celestial, puro, bellísimo. Y nos sentamos, embelesadas, a escuchar. Nos quedamos un rato y luego nos fuimos, rumbo al Museo Británico. Ahí nos encontramos con que no todas las salas estaban abiertas, y yo me dispuse a que mami y Nati vieran aquellas que a mí más me habían impresionado: Egipto, Grecia y la Mesopotamia. Vimos lo que pudimos, pero por suerte casi todas las salas de Egipto estaban abiertas y las vimos. A mí me encantó volver a verlo, con más calma y sabiendo cuánto me iba a impresionar, ya sin la euforia del primer día. Y Nati debió reconocer que le gustó mucho que la llevara.
Caminando despacio, nos fuimos hacia Waterloo, para tomar el tren de vuelta. Estábamos agotadas de tanto caminar. Conseguimos agua para el mate (a esa altura era lo único que teníamos para comer o beber) y en el tren, nos organizamos para tomar mates. Todos los pasajeros nos miraban con cara de "qué droga será esta", y mami, que cebaba, tenía a su lado a un señor de color que la miraba de una forma imposible de no advertir. Con Nati, nos reíamos. Por suerte, el señor decidió sacarse la duda y le preguntó a mami qué era eso. Y charlaron. Al llegar a Bracknell, caímos en la cuenta de que sólo había una bicicleta y éramos tres, todas estábamos cansadas y el bus ya no corría. Fue muy cómico porque un chico se nos puso a hablar y finalmente ofreció acercarnos en taxi a la casa de Nati. Yo me fui en bici. Era la primera vez que hacía el camino y estaba sola. Iba bien hasta que llegó un momento en que no sabía hacia dónde ir, y pasé tres veces por el mismo lugar, y ahí habían dos chicos y una chica, y para cuando pasé por tercera vez, me dije que debía preguntarles, y me acordé de la referencia del KFC. Les pregunté, me dijeron, y también acotaron que estaba cerrado, pero logré decirles que no importaba. Estaba preocupada porque no sabía el teléfono de Nati, y ahí me di cuenta de que tenía el móvil. Así que me tranquilicé y si bien tardé un poco, no me perdí y llegué sana y salva.

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